
EL INCREIBLE PARAGUAS DEL PAPA DE CLEMENTE
(CUENTO)
Llovía fuerte esa tarde de Domingo, no daban ganas de salir, pero Clemente le había prometido a Rosa Micaela que la llevaría al cine del pueblo. Era su primera cita con ella, después de tanto tiempo de haber estado dándole vueltas al asunto sin atreverse a pedírselo. Hasta que por fin el Viernes logró sacudirse un poco esa cortedad de carácter, tan estorbosa que tenía y se animó. Ella se había puesto muy colorada y apretujaba su rebozo, mientras se cubría con él, como si fuera un escudo protector, mientras Clemente tartamudeaba su invitación.
- Adonde usté quiera Rosita...yo la invito...adonde usté quiera.
- Ah yo quisiera...yo quisiera ir a ver una película.
- ¡Claro pues, vamos al cine...cómo no pues Rosita! - había exclamado alborozado Clemente.
Se puso su mejor pantalón y su mejor camisa, la de franela, de cuadros rojos y azules. Limpió su único par de zapatos con un trapo y un salivazo. Trató de domar sus tiesos cabellos con singular dificultad y el jugo de tres limones. Una útima mirada al espejo, por no dejar, porque éste estaba tan manchado de antigüedad, que le devolvía una imagen toda distorsionada, pero se sintió satisfecho, no podía ser exigente con consigo mismo, la naturaleza no había sido muy pródiga con su persona. Le apodaban "El cara de pájaro" debido a su gran nariz y escaso mentón. Pero nada de eso le importaba en esos momentos, solo Rosita Micaela.
A sus veinticinco abriles había cortejado solo a dos muchachas del pueblo. Siempre se ponía muy nervioso y metía la pata a cada rato y las chicas terminaban burlándose despiadadamente de él. Pero Rosita Micaela debía ser diferente, ella no sería como las otras, lo presentía. Salió de su habitación y fue hasta la cocina para despedirse de su madre que lavaba los platos del almuerzo. Ella lo abrazó y le dijo:
- ¡Ay m'hijito que esta vez se te haga! - la buena mujer estaba perdiendo las ilusiones de que su retoño la hiciera abuela algún día. Clemente tomó el paraguas de detrás de la puerta y lo abrió.
- ¡Clemente, te he dicho que no abras nunca un paraguas dentro de la casa, es de mala suerte! - Clemente sobresaltado, exclamó:
- ¡Oh mamá, usté sabe que no necesito abrir un paraguas dentro de la casa para tener mala suerte, qué más da!. ¡Ah, pero hoy nada malo puede pasarme! - Y salió de la casa, con una sonrisa de beneplácito, rumbo a su ilusión.
- ¡Cuida mucho ese paraguas, Clemente, ya sabes que era de tu padre...! - alcanzó a oir la voz de su madre.
Cruzó las calles para llegar a la parada del autobús. Hacía frío y no se había puesto nada sobre su camisa de franela. El autobús se tardaba demasiado. Los nervios le cosquilleaban, su corazón le latía tan fuerte que le parecía que le levantaba la camisa. Por fin, un armatoste con ruedas, que fungía como transporte público del pueblo, hizo su aparición en la esquina. Se preparó para abordarlo. Le hizo la parada y maniobró para cerrar el paraguas, pero este no cedió. Lo sacudió, forcejeó con él, lo azotó contra el suelo, pero era inútil, no se cerraba. Ganas le daban de dejarlo ahí tirado, pero jamás se atrevería a hacer tal cosa, su madre lo consideraba como una extensión palpable de su difunto esposo, quien en vida nunca se separaba de él, cada vez que salía, lloviera o no lloviera. Finalmente, después de una lucha infructuosa, Clemente tuvo que viajar colgado de la escalerilla del autobús, con el paraguas sobresaliendo hacia el exterior. Cada vez que subía algún pasajero tenía que bajarse para dejarlo pasar al interior. Pero no le importaba tal incomodidad, con tal de ver a Rosita Micaela.
Llegó con diez minutos de retraso. Rosita ya estaba allí, esperándolo bajo la marquesina. Se avergonzó al principio, por haberla hecho esperar, pero fue tan grande el gusto de verla que le restaba importancia a todo lo demás. Se saludaron, luchando cada quien contra su cortedad de carácter. Clemente fue hacia la taquilla para comprar los boletos y se los entregó a Rosita, mientras trataba de cerrar el paraguas, esperando conseguirlo esta vez. Forcejeó, lo zarandeó, lo azotó contra el piso, pero el paraguas no se cerró. Entre maniobra y maniobra, le dirigía sonrisitas nerviosas a Rosita Micaela y sentía que se ponía cada vez más colorado. La gente que pasaba por ahí lo miraba divertida, pero no le preocupaba más que la reacción de Rosita. Afortunadamente, la muchacha en verdad, no era como las demás, que al primer ridículo, se reían en su cara. Ella observaba la escena, callada, con respeto. Por un momento, Clemente pensó si no sería peor eso, ya que no podía saber qué estaba pasando por la mente de la chica.
Un paisano acomedido se acercó para ofrecer su ayuda. Forcejeó con el paraguas un rato y después se disculpó y se fue. El paraguas seguía abierto. Clemente sufriendo una angustia mortal, siguió forcejeando, sin éxito. No podía ser tanta su mala suerte, tal vez su madre tenía razón, no debió abrir el paraguas dentro de la casa. Era el peor papelón que había hecho frente a una muchacha y peor aún, de la que le interesaba más que ninguna otra. La miraba de reojo, temiendo ver una sonrisita burlona, pero Rosita permanecía incólumne.
Otro paisano se acercó para ofrecer ayuda, pero después de una lucha, cuerpo a cuerpo con el dichoso paraguas, se disculpó, como el anterior, ofuscado por no haber podido demostrar sus fuerzas. Se acercaron dos muchachos bastante corpulentos, decididos a lograr cerrar el paraguas. Clemente tuvo miedo de dejarlos intervenir, no fueran a romperlo, pero ante la insistencia de los héroes, accedió, no sin antes hacerles mil recomendaciones. Ya se habían juntado algunos mirones alrededor de ellos y lo que menos quería era llamar la atención. Los muchachos corpulentos tampoco pudieron cerrar el paraguas del papá de Clemente y se alejaron avergonzados. Otro paisano, de entre los mirones, se atrevió a intentarlo. Se torció la mano, soltó unas maldiciones y se fue. Otros más también se acomidieron, pero nadie lograba su cometido. Clemente se dio cuenta de que algunos cruzaban apuestas, cada vez se juntaba más gente. Ya no se atrevía ni a mirar a Rosita. Las personas a cargo de la sala de cine, salieron a dispersar a la gente. Algunos entraron a ver la película y otros siguieron su camino. Quedaron, Clemente, Rosita... y el paraguas, ahí afuera. Ya había dejado de llover y todo. No podía encargarle ese paraguas a nadie, no sabía qué hacer el pobre de Clemente. Entonces, con su dulce vocecita, tímidamente, Rosita Micaela, le dijo:
- Clemente, déjeme intentarlo a mí - Clemente tuvo que contener una carcajada. No era posible que ella se sintiera capaz de cerrar ese paraguas, después de que tantos hombres fuertes no lo lograsen. Le dijo que sí, por no ser descortés y puso en aquellas delicadas manitas el impertinente paraguas. Rosita le pasó el suyo para que se lo sostuviera. Acto seguido, procedió a tratar de conseguir lo imposible y en tres segundos, ni más ni menos, ella le devolvió el paraguas cerrado, sonriendo encantadoramente. Clemente, atónito, con la boca muy abierta, se quedó mirándola sin poder decir nada. Por fin pudo articular palabras y dijo:
- ¿Pero cómo pudo usté Rosita?
- No sé, solo le moví aquí...
- ¡Pero no puede ser, no puede ser, yo le moví por todas partes y los demás también...!
- Tal vez fueron muy bruscos - respondió ella con candidez.
Clemente ya no supo qué decir, se sintió más bruto que de costumbre. Aquella, la mujer de sus sueños, en su promera cita, lo había dejado perplejo y humillado. Pero ella no lo había hecho a propósito y ahí estaba, sonriéndole, inocente, sin burla alguna. Así es que, tragándose su orgullo, la tomó del brazo y entró con ella a la sala de cine.
A la salida, llevó a Rosita a su casa y le pidió otra cita para el Domingo siguiente, ella aceptó y Clemente se sintió en las nubes. Ella sí era diferente a las demás, cualquiera que hubiera estado presente en la odisea del paraguas, no hubiera querido verlo más. Silvando alegremente se fue a su casa. Su madre le vio llegar con la cara rozagante de felicidad.
- ¡Ah, veo que te fue bien m'hijito!
- Sí mamá, soy muy feliz, Rosita Micaela es la mujer que siempre he esperado.
- ¡Qué bueno m'hijo, qué bueno...!
Clemente se fue para su habitación y escuchó la voz de su madre:
- Clemente...¿y el paraguas de tu papá?
¡El paraguas! ¡el paraguas!...No podía ser, ¡había olvidado el condenado paraguas en el cine!. Se le nubló la vista, se le aflojaron las piernas, se ladeó para atrás y para adelante y se desmayó.
Angie G.